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De la Revolución a la Supervivencia  

Guillermo Esparza 

 
 

En las esferas relativas a las artes y el diseño en la actualidad, el elemento de cohesión entre éste último y las personas reside en la comunicación, hoy más que nunca los diálogos generados por la colectividad alimentan el subsidio de información que sustenta aspectos básicos de la sociedad misma. Historia, cultura, normas y tradición se programan y transmiten gracias a diálogos que se entablan entre el individuo y su entorno. Según el diagrama de la teoría de la información propuesta por Claude E. Shannon cualquier tipo de comunicación debe tener una finalidad para que sea válida en función de transmitir un mensaje, de lo contrario no existiría mensaje que transmitir  (Shannon, 1948); nuestros diálogos al final terminarían siendo un único diálogo enfocado en programar la realidad del ser humano, o sea, diseñarla. 


¿Cuál es entonces el catalizador de este diálogo? Para el filósofo checo-brasileño Vilém Flusser se trata de producción de nueva información (Flusser, 2015). Situaciones nunca antes vistas, escenarios que reúnan condiciones inéditas pero probables, en resumen, el concepto moderno de progreso. Cuando los diálogos producidos entre diferentes estratos sociales se tornan repetitivos, es decir, se reproduce un mismo discurso sin miras al cambio, la historia misma se encarga de cambiar las condiciones presentes para recuperar la capacidad de producir información. El germen de la revolución es inoculado. 


Según Flusser, la raza humana alcanzó otro nivel de conciencia a través de las imágenes técnicas (fotografías, proyecciones, etc.) y la enorme cantidad de información que se comparte mediante éstas, conformando así una postura que encara el concepto de autoría mediante toma de decisiones colectivas que generan consecuencias también colectivas. En este sentido ¿Dónde está el autor en una sociedad inmersa en el universo del consumo masivo de imágenes? ahí donde los algoritmos del “chamber effect”[1] se vuelven cada vez más precisos, adentrándonos en lo que Hans Ulrich Obrist llama “extreme present”[2] , mostrándonos sólo el mundo que queremos ver, volviéndonos coautores (junto al algoritmo) de nuestra propia realidad. Esta condición nos aliena de la verdadera co-autoría de conformación de realidad, la colectiva; y qué otra expresión de colectividad más intensa que una revolución. 


Últimamente se habla de revolución donde sea y como sea: revolución tecnológica o económica, revolución del diseño o revolución alimenticia, esta tipología se vuelve la panacea que tiene el sujeto moderno para resolver sus problemas existenciales ¿Qué pasa entonces cuando la misma revolución se piensa y transmite como lo dictan las normas sociales vigentes, o sea, para consumirse? Pasa a formar parte de un discurso (ya no un diálogo) transmitido unidireccionalmente, con el que los medios de comunicación masiva (las redes sociales aquí englobadas) nos dicen qué es el progreso y cómo alcanzarlo. 

Nuestra búsqueda del autor comienza: Una figura milenaria cuyo núcleo es el paradigma de creación o creatividad.


Nuestra búsqueda del autor comienza: Una figura milenaria cuyo núcleo es el paradigma de creación o creatividad. Durante el renacimiento se estableció la dimensión divina de la figura del artista quien, heredero del Gran Arquitecto, (dios) se colocaba como productor de la cultura misma y sus exégesis[3]. Su función era producir información nueva, ya sea mediante una nueva técnica pictórica, la construcción de un planteamiento filosófico o nuevos estilos literarios. Conceptos ligados al término griego Τέχνη “Tekhne”, usado como materia prima de la ciencia y por ende de ese concepto moderno de progreso. 
La historia de la fundación de Roma está basada en el mito de Rómulo, quien después de superar una serie de adversidades, “plantó la semilla” de la nueva sociedad que iba a ser base de la cultura occidental y el llamado “mundo civilizado”. Uso aquí la frase plantó la semilla pues el término autor nace del vocablo latino Augere, “Hacer crecer” convirtiendo a Rómulo, por metonimia, en autor de Roma y del mundo civilizado mismo (Flusser, 2015).


Sin embargo sabemos que esto no es cierto, y que Roma no tiene autor pues es la conjunción de una suma de voluntades humanas resultantes de características relacionadas con la probabilidad, azar que contiene todas las posibilidades del universo. “Al eliminar la figura del autor… ¿Se elimina también la creatividad?”. Flusser se vale del ajedrez para aliviar este conflicto. Lo explica de la siguiente manera: El aparente objetivo del ajedrez es ganar la partida y vencer al contrincante en turno ¿no?; pues realmente su origen era poder producir la mayor cantidad de posibilidades dentro de un rango de situaciones (problemas ajedrecísticos) que se multiplicaban al ser jugado por dos entidades, ampliando la gama posible de información nueva, aprovechando así dos cosas: probabilidad y colectividad. (Flusser, 2015) Es por esto que se decía en el mundo antiguo que los grandes ajedrecistas podían predecir el futuro, y esta revelación también llevó a Marcel Duchamp a estudiar el ajedrez en su producción artística. 


Entonces, considerando el impulso creativo como combustible de cualquier revolución, la supuesta idea de progreso se trata realmente de un juego de azar, en el que se da un salto cada vez que determinadas condiciones se unen para que algo nuevo suceda: el descubrimiento de la penicilina, la invención de la escritura o del microchip se dieron entonces gracias a que incontables factores se reunieron para que fuera posible el hecho de adoptarlos en nuestra cultura. Se revela ante nosotros un modelo de realidad representado por un universo de incontables posibilidades, cual partida de ajedrez. Desmitificando el concepto antiguo de creatividad y precipitando nuestros diálogos hacia la entropía.[4] El problema es entonces tratar de revertir ese proceso, una lucha dirigida por y para la permanencia y ya no más con un carácter revolucionario. ¿Cómo evitar que la cultura en la que participo se degrade? (Flusser, 2015), es decir, so pena de olvido, el compromiso creativo transita de la revolución a la supervivencia. 

¿Qué es entonces la libertad si acabamos de descubrir que estamos encadenados al universo y sus causas? Es aquí cuando descubrimos que la libertad es un poder que se ejerce a la inversa.


La búsqueda de autor se vuelve inútil puesto que la producción de nueva información es una tarea colectiva y, como tal, debe de valerse de su carácter revolucionario en búsqueda de libertad. Ese concepto que toda revolución busca, el elemento primario del que se vale el creador para producir, y que es la base de la dignidad humana. ¿Qué es entonces la libertad si acabamos de descubrir que estamos encadenados al universo y sus causas? Es aquí cuando descubrimos que la libertad es un poder que se ejerce a la inversa. Cada decisión que tomamos no es la de elegir una probabilidad entre las demás, sino la decisión consciente de desechar todas las otras y quedarnos con una. El ego, receptáculo del yo y contenedor de la voluntad humana, queda reducido a nada siguiendo el famoso axioma cartesiano “Cogito ergo sum,” proceso que sustrae toda acción humana de conocimiento (autoconocimiento como persona, conocimiento del mundo) y que se detiene al no ser capaz de sustraer “ése que sustrae” probando la existencia del Cogito, e instituyendo a la crítica como explicación del carácter excluyente de la libertad humana. Criticar todas las posibilidades para ser capaces de elegir una, o diseñar, que es lo mismo. 


Por eso es tan importante el diálogo crítico entre nuestro entorno y nosotros mismos, la responsabilidad creativa que implica una revolución se centra en la producción colectiva de nueva información que nos redima del vacío del olvido. Tanto en el diseño como en la vida misma, progreso es aprovechar las posibilidades infinitas que te brinda vivir en colectividad, disolviendo al autor y poniendo su ego al servicio de un orden mayor. No sabemos lo que hacemos, pero sabemos que lo que hacemos, nos hace. 

 

Guillermo Esparza

Productor de información de tiempo completo.

 

Flusser, V. (2015). El Universo de las Imágenes Técnicas. Buenos Aires: Caja Negra.
Shannon, C. E. (2001). A mathematical theory of communication. ACM SIGMOBILE Mobile Computing and Communications Review, 5(1), 3-55.
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[1] Resultado de una búsqueda personalizada en donde un algoritmo selecciona información que le puede interesar a un usuario basado en información de sí mismo, causando que ideas y creencias se amplifiquen dentro del sistema de comunicación del usuario. 
[2] Teoría propuesta por Hans Ulrich Obrist, Douglas Coupland y Shumon Basar que trata de definir el momento histórico actual en el que el internet está cambiando nuestra estructura cerebral y la manera de comunicarnos, alejándonos poco a poco de la realidad.
[3] Según la RAE, explicación o interpretación. Elegí este término porque se usaba en un contexto religioso, dotando en este caso a la cultura de una dimensión sacra, en función de la comprensión del texto. 
[4] Magnitud física que representa el grado de desorden y pérdida de energía que tiene un sistema en cuanto al tiempo, aplicado en la segunda ley de la termodinámica, explica que un sistema tiende al caos en función de su complejidad.