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Despachando diseño

Alejandro Olávarri

 
 

Hay un local del mercado al que recurrimos seguido para comer todos los que trabajamos en el museo. El puesto tiene un nombre pero, debido a que es francamente genérico (Juguería Lupita), más bien lo conocemos como 'Las enchiladas' pues éstas son la especialidad. Vamos por lo menos dos veces a la semana, y en cada ocasión, me entra una crisis de dudas acerca de sus precios. 'Las enchiladas' con mole o salsa verde cuestan $47 (el concepto de enmolada no existe), 'El sope' 45, 'El extra de aguacate' $5, 'Las sincronizadas' $40 y 'La torta de milanesa' $32. Repito: 'La torta de milanesa' treinta y dos. Ésta lleva casi los mismos ingredientes que 'El sope': milanesa, frijoles, queso –o quesillo dependiendo quién te despache–, chiles y aguacate. La variación es que en 'La torta', los ingredientes vienen dentro de una telera y acompañados con jitomate, mientras que en 'El sope' pues vienen sobre un sope y sin jitomate. No creo que la diferencia de costo entre una telera y la base del sope sea de 13 pesos. No entiendo cómo 'La torta' que sí trae jitomate cuesta 13 pesos menos que 'El sope'. ¿El costo está en la producción? No. Se tardan lo mismo y usan la misma barbárica cantidad de aceite para ambos ¿Es menos popular 'La torta'? Todo lo contrario. ¿Por qué no he preguntado para sanar esta ansiedad? Por la misma razón que no he preguntado por qué el jugo vale 8 pesos más que el agua que pido con fresa, sandía y pepino. No quiero que revalúen sus costos. 'La torta' y 'El agua' es lo que más me gusta, y no quisiera que mi curiosidad haga que suban de precio. Me genera tanto nervio esta idea que cada vez que me acerco a pagar, surge una fantasía paranoica dentro de mí obligándome a sacar un billete de 100 en lugar de uno de 50 porque “probablemente ya se dieron cuenta” o “me van a cobrar el aguacate” o “mi agua parecía jugo”.

Durante el regreso al museo, que es de subida, no solo voy dejando el pulmón pero también sigo pensando en esta cuestión. Aunque para este punto ya no sigo analizando la diferencia de precios, sino cuál es la relevancia del problema en mi vida ¿Por qué me causa tanta ansiedad? ¿Siento culpa de pagar menos por algo que –asumo– tiene el mismo costo? ¿Debería de sugerir que la señora empiece a sumar en calculadora en lugar de con garabatos sobre papel revolución? ¿Tendré delirios de persecución? No. La respuesta a mis dudas la descubrí recientemente: estoy proyectando mi inconsistencia para cobrar mis proyectos de diseño en 'Las Enchiladas'.

Como un egresado de Comunicación Visual mis proyectos tornan alrededor del diseño gráfico y pueden ser desde una identidad visual completa o un libro, hasta hacer un solo gif. De toda esta gama de cosas que hago, lo único en donde me siento confiado para cobrar es en el ámbito editorial. Aquí todos nuestros maestros tenían la misma fórmula: un costo por el concepto y un costo fijo por página a diseñar. Pero para todo lo demás, nadie nunca nos dio un estándar, un rango, un método. Por ende, mis cálculos y el de la mayoría de mis amigos resulta en algo así:

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No saber cobrar no solo me genera ansiedad a mí, pero más importantemente refuerza la desigualdad de ingresos entre los diseñadores: los despachos interdisciplinarios famosillos de MTY, CDMX y GDL, que nos salen en Tumblr a todos, cobran cantidades significativamente  más altas por hacer lo mismo que un diseñador independiente o las oficinas que recién comienzan. Esto pasa porque el diseño es una meritocracia o, más bien, famacracia en donde aquellos con fama ya no cobran justamente, pero también porque no hay un consenso de cómo cobrar en la cultura de diseño. No se enseña en las escuelas y entre la comunidad es casi una ofensa preguntar algo relacionado al tema de cobros, a menos que sea el precio de consumibles, pero eso ya no es cobrar diseño, sino un producto. Nadie llega a La Lonja a preguntar “¿Cuánto te costó diseñar esta lámpara?” que sería una pregunta muy distinta a: “¿Qué precio tiene la lámpara?”.

Los diseñadores que trabajamos vendiendo nuestro servicio no tenemos a nuestro favor el consumismo material. No podemos poner un puesto con logotipos terminados en un mercado de diseño. ¿Cuáles son nuestras opciones para lograr un consenso de precios justos? ¿Leer los tres tristes libros que hay sobre el tema? Las portadas de estos gritan “¡Yo sé cobrar pero diseñar no!”. ¿Cómo vamos a confiar en alguien que te quiere enseñar a cobrar diseño, pero que no contrató a un diseñador? Creo que tenemos que abrir el diálogo. ¿Por qué no se habla? ¿Nos da miedo que los otros están cobrando más que nosotros? ¿Nos da pena parecer unos careros? ¿Nos da pena que nuestra 'Torta' o 'Sope' valen lo mismo? Al menos, ya si nos da pena el tema y no podemos romper la tradición mexicana de la prudencia descerebrada, publiquemos nuestros menús para que todos lo vean:

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Alejandro Olávarri

Vivo en la Ciudad de México. Estudié Comunicación Visual en CENTRO. Hago diseño.  A veces escribo sobre diseño. Actualmente soy curador asistente en Archivo Diseño y Arquitectura. Me interesa la intersección entre identidad, nación y diseño.

olavarri.com

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