El código imperial o la matriz colonial del poder

por Matthew Kiem, por cortesía de Modes of Criticism.

El empeño por imponer la programación informática bajo el estandarte de «alfabetización universal» es una reiteración de la misión colonial civilizadora. Para adoptar una frase del pensador descolonizador Walter Mignolo, esta es la última mutación de la retórica de salvación de la modernidad (Mignolo, 2007). Al igual que en las campañas del siglo XIX para promover la alfabetización pública, los argumentos que ahora se están haciendo a favor de la programación tienen una ventaja escatológica (Vee, 2013). Aprende a programar para que no seas condenado. Los sermones del teórico sobre los medios de comunicación, Douglas Rushkoff, dejan claro que la resonancia teológica no es metafórica. Es sinceramente percibida y es parte integral de toda empresa. En el festival South by Southwest (2010) Rushkoff presenta su visión maniquea como un artículo de fe: «Creo que si no eres programador, eres uno de los programados. Es así de simple». En el camino hacia la singularidad, o eres 1 o 0, maestro o esclavo.

"En el camino hacia la singularidad, o eres 1 o 0, maestro o esclavo."


Contra este nivel de manía, las controversias recurrentes sobre las clases de escrituras en las escuelas seculares se sienten como una especie de distracción. Hoy en día, la doctrina de la sola scriptura se practica más a menudo con respecto a los gustos de JavaScript que de los evangelios. Cualquier suposición de que existe una clara distinción entre las concepciones occidentales de la tecnología y la teología parece inestable. Esto no es una coincidencia. Como nos recuerda David Noble, la primera tiene sus orígenes en la última (Noble, 1999). Todos los conceptos significativos dentro de las teorías occidentales de la tecnología parecen ser conceptos teológicos secularizados.
Es como si estos misioneros pensaran que programar es algo que la gente aún no sabe hacer. No programar en el sentido computacional mecanizado, sino codificar, ser capaz de leer y recrear mundos de significado. Codificar como una mezcla de sistemas plurales de inscripción simbólica, cada uno de los cuales proporciona una sensibilidad que también puede ser desintegrada y desordenada, reordenada y desordenada, des/re/articulada con otros sistemas.
Aprendemos a codificar cuando aprendemos a hablar, a escribir y dibujar, a bailar, actuar y cantar. Podemos aprender códigos de fútbol, códigos de artes marciales y códigos de moda. Aprendemos códigos para presentarnos con otras personas, para enviar correos electrónicos y códigos culinarios que nos permiten distinguir entre el pescado crudo no comestible y el sashimi. Cuando conectamos lo que tenemos a la mano con diferentes posibilidades, como una cajonera que se puede arreglar o reutilizar, decodificamos y recodificamos. En Design Futuring (2009) el teórico del diseño Tony Fry identificó este movimiento como una práctica redirectiva, una forma de hacer tiempo rediseñando códigos culturales.


El script es una inscripción. Señala la inseparabilidad de las ideas y la materia (Mellick Lopes, 2005). Los sistemas de información, ya sean compuestos por radios, libros o máquinas, se ven afectados y afectan a través de su materialidad. Esto tiene consecuencias sobre cómo los mundos se construyen y se experiencian, algo que teóricos del diseño como Terry Winograd y Fernando Flores (1986) y Anne-Marie Willis (2006) han llamado diseño ontológico. El pensamiento matemático, por ejemplo, evoca un modo de codificar formalizado, uno que puede soportar, extender y restringir otros códigos. La codificación musical permite que la música se comparta como una novela o una obra de teatro, pero conlleva el riesgo de ocultar las multiplicidades dentro y entre las notas. Las variedades occidentales del derecho común y civil –que tiene sus orígenes en el códice romano– se practican de manera muy diferente al derecho indígena. La erudita indígena Aileen Moreton-Robinson ha descrito la ley indígena como una «intersubstanciación entre seres humanos, seres ancestrales y tierras» (Moreton-Robinson, 2015, p. 84). Norman Sheehan, también académico Indígena, explica cómo esta concepción se relaciona y emerge del diseño del código. En sus palabras, la ley indígena es una ley de mutualismo individualizado y diverso», cuyo conocimiento «ha sido codificado en el lenguaje, el diseño y las formas ceremoniales" (Sheehan, 2004, p. 115). El profesor Steve Goschnick (2015), profesor de Tecnología de la Información y Comunicaciones, afirma, sin ningún sentido de ironía, que la programación informática es análoga a otras formas de lenguaje, salvo que esta no tolera la ambigüedad. La violencia que esto implica para las personas y las cosas que no se ajustan a las categorías del sistema pasa desapercibida.
Sheehan ofrece un «diseño respetuoso» como una forma de reparar la herida de una mala relación entre diferentes sistemas de codificación (Sheehan, 2011). Por el contrario, la Universidad Tecnológica de Swinburne ahora enumera las «fronteras digitales» como una de las cinco áreas clave de la investigación. Dada la imprudencia implícita en el término «frontera» –¿quién y qué vive del otro lado? ¿Y qué violencia podrían padecer por resistir la próxima ola de expansión?–. No es de extrañar que la descolonización no figure entre las otras prioridades institucionales. Esta decisión sólo puede interpretarse como intencional, ya que los debates sobre la descolonización y la digitalización se están llevando a cabo en otros lugares. (1)


¿Por qué, en este momento, se le pide a la gente que dé un salto de fe en la utopía de la programación? Los recursos que las élites han desplegado en el empeño de promover la programación informática deberían de darse una pausa para pensarlo. En un vídeo promocional de code.org, el cofundador de Facebook Mark Zuckerberg señala que «el único limitante del sistema es que simplemente no hay suficientes personas que estén entrenadas y tengan estas habilidades hoy en día», esta es la clásica queja capitalista sobre los costos laborales y el acceso a nuevos mercados disfrazados, una vez más, del mito del progreso universal. Aquí vale la pena reflexionar sobre el enfoque que ha hecho code.org en las mujeres y personas de color. A finales de los años setenta y ochenta hubo un movimiento diseñado para desalentar a las mujeres a ingresar a ciencias de la computación (Stein, 2011 y Henn, 2014). Ahora que suficientes hombres blancos han hecho sus miles de millones y han establecido su hegemonía, el proceso de expansión está en marcha. La cuestión, para ser claros, no es que tales exclusiones sean legítimas. Más bien, como Melinda Cooper y Angela Mitropoulos (2009) han mostrado, lo que está en juego es qué intereses, qué sistemas y qué tipos de futuros se ven beneficiados por estos términos cambiantes de diferenciación y ex/inclusión. Si bien los criterios de entrada pueden cambiar, los límites sistémicos y los códigos de estatus diferencial siguen vigentes. Aquellos que pueden programar se dividen de acuerdo a su relativa dispensabilidad y después se dividen de aquellos cuya incapacidad para programar es vista como una marca de deficiencia en lugar de diferencia.
Las películas Matrix (en español, matriz) (1999 y 2003) invitaron al público a imaginar un universo binario, una parte compuesta por código computacional y otra que no lo era, siendo la última tan problemática como el primera. (2)


Basándome en la estrategia de Mignolo en «The darker side of western modernity» (Mignolo, 2011, p. xvii), propondría pensar en la matriz colonial, el sistema de poder que sostiene la idea de que solo hay un código, el código occidental. Este es el código que pensadores descolonizadores, como Mignolo, buscan romper, como una forma de dejar de ver la modernidad occidental como el único código verdadero y pasar a una pluralidad de opciones.
Las cosas diseñadas incorporan códigos para diseñar nuestro sentido del mundo. En «Towards a philosophy of photography» (2000) el filósofo Vilém Flusser habla de la cámara como un aparato que diseña funcionarios, personas cuyo sentido del mundo ha sido diseñado por el razonamiento analítico incrustado en el dispositivo tecnológico. Escribe sobre Auschwitz, el campo de exterminio nazi alemán, en los mismos términos que la materialización de un aparato que diseñó a personas que ya no podían pensar o actuar fuera de los códigos burocráticos (Flusser, 2012; Mitropoulos & Kiem, 2015). Auschwitz fue un caso en el que un aparato orientado a la deshumanización determinó que el genocidio era la solución más racional. Pero esta no fue ni la primera ni la última vez que ocurrió algo así. El objetivo de Flusser es decir que la lógica del aparato persiste como una propensión del programa(dor) occidental.


Cuando el historiador Tony Barta compara las exterminaciones que tuvieron lugar dentro de las estructuras colonizadoras de Australia y Alemania, señala una mórbida inversión del proceso (Barta, 2001). En Alemania, los códigos de conducta y las clasificaciones raciales prepararon el camino para el exterminio. En Australia, los intentos de exterminio de los pueblos indígenas sucedieron primero. Para aquellos que sobrevivieron, se codificó un sistema de cociente sanguíneo (blood-quantum) para facilitar la separación de los niños de sus padres, todo ello con el fin de introducirlos en el código occidental.
Hoy en día, las fronteras están gestionadas por sofisticados sistemas de análisis de riesgos diseñados para inmovilizar a los posibles solicitantes de asilo antes de que aborden un avión. Esto no detiene a la gente, sino que les obliga a encontrar rutas más peligrosas. Sin embargo, la interfaz de usuario de estos sistemas se ha creado utilizando métodos de «diseño centrado en el ser humano» para mejorar la productividad de los agentes fronterizos. La gestión de riesgos en sí misma se ha codificado en normas internacionales que se utilizan para planificar y financiar proyectos de infraestructura, incluidos los campamentos de detención (Mitropoulos, 2015). Niños en escuelas son examinados y supervisados, su comportamiento codificado y decodificado en busca de signos de «extremismo». Los solicitantes de asilo se ven obligados a firmar códigos de conducta estrictos que hacen que la vida con un visado de protección sea aún más precaria (Mitropoulos & Kiem, 2015). Las normas profesionales ayudan a asegurar una conformidad predecible entre trabajadores, profesores y estudiantes.
¿Cuántos programadores informáticos se necesitan para cambiar el mundo? O más bien, ¿cuáles son las implicaciones de producir un superávit creciente de emprendedores sistematizadores, totalizadores de procedimientos; personas que han sido entrenadas para buscar y leer a otros como «subdesarrollados», atrasados o problemáticamente (des)ordenados?


 La activista social y autora Courtney Martin (2016) criticó recientemente a los altruistas privilegiados por asumir que los problemas de los otros exotizados eran simples. Si bien la pieza recibió una atención positiva, la propuesta de Martin de dirigirse a una «subclase no exótica» más local requiere una lectura más crítica. Este es un término acuñado por C. Z. Nnaemeka (2013) en una pieza que incluye el siguiente pasaje:
Ahora, ya puedo escuchar el grito del meritocrático, Horatio Algerian Silicon Valley,
«¿Qué tenemos que ver con todo esto? La subclase no exótica tiene que levantarse por sus propios medios!  Déjenlos aprender a programar y a construir sus propias startups! Lo que necesitamos son más exconvictos convertidos en empresarios, madres solteras convertidas en programadores, veteranos convertidos en capitalistas de riesgo! ¡El camino para salir de la misericordia está pavimentado con informática!».
Sí, por supuesto.


No hay nada de malo en el evangelio del espíritu emprendedor como salvación (Nnaemeka, 2013, n. p.). Esta es la tecnoteología de la misión civilizadora, la retórica de la modernidad, la gramática del imperialismo: el código occidental. Es la cartografía de territorios y poblaciones para la salvación por medio del «desarrollo». Todo, parece, para que los emprendedores misioneros puedan cumplir con un sentido de propósito. Esta es una de las razones por las que la pieza de Martin encaja tan cómodamente en «The development set», una publicación financiada por la Fundación Bill & Melinda Gates. Parece que su trabajo consiste en no criticar el desarrollo tanto, sino generar nuevos mercados de inversión cambiando la imagen de los pobres y de los medios de su salvación.


Durante más de 500 años, el código occidental se ha utilizado para imponer la idea de que solo hay una forma legítima de ser humano. Contravenir este código es arriesgarse a ser visto como un ser inferior y, por lo tanto, prescindible, carente o necesitado de salvación. En estos términos, rechazar la «ayuda» es ser visto como «ingrato». La violencia de la programación como salvación es la materialización del código occidental en nuevas formas. Esto no es una interrupción de la matriz colonial tanto como su mutación (Fry, Kalantidou y Mignolo, 2014, pp. 180-181). Un aparato de control compuesto de silicio, plástico y metales pesados, de minerales extraídos de la tierra de alguien, dispositivos construidos por los trabajadores de una fábrica, todos ellos vinculados a procesos de eliminación de desechos que exigen exposición a toxinas concentradas.
El punto no es demonizar la programación informática, sino sugerir que la combinación de conformidad y de pensamiento no relacional es un modo de violencia que sostiene a la matriz colonial. Decodificar la misión divina de la programación informática abre un campo de posibilidades más vital. Aquí la violencia imperial del espíritu emprendedor cede al hackeo con un sentido de respeto y responsabilidad; gente que puede atascar, desvincular y reorientar los sistemas operativos que sostienen la matriz colonial. No se trata tanto de computación en sí misma sino de la computación buscando formas de conectarse y desconectarse con el fin de convertirse en algo que diverge de las lógicas de la matriz colonial.
Esta posibilidad no es nueva y no está siendo liderada por el (los) programador(es) imperial(es) occidental(es). Como sugiere el investigador Felipe Fonseca (2014) en su discusión sobre «Gambiarra», la cultura brasileña de la reparación; hay un mundo de diferencia entre una actitud de hacking para reorientar y un tecnoevangelismo que hace sin ninguna preocupación por lo que destruye.


Mis amigos son programadores de todo tipo, pero son ellos los que están enfocados a cortocircuitar las distinciones entre el ser y el mundo, lo analógico y lo digital, el riesgo y la seguridad, las ideas y la vida, la tecnología y la poesía, la justicia y el profesionalismo. No solo porque pueden, sino porque las formas respetuosas de romper y rehacer son una manera de oponerse a la violencia imperial y crear los tipos de mundos que apoyan las diferencias plurales.

1- Véanse, por ejemplo, los dossiers del Centro de Estudios Globales y Humanidades sobre descolonizando lo digital/descolonización digital y el diálogo entre Tony Fry, Eleni Kalantidou y Walter Mignolo en «Diseño en las fronteras» (2014).

2 - Mientras que los Wachowskis, directores de la trilogía Matrix, hicieron varios gestos visuales a la obra del filósofo Jean Baudrillard y su concepto de simulacro, Baudrillard se distanció de las películas argumentando que el objetivo de su obra no es jugar con la diferencia entre lo virtual y lo «real», sino interrumpir el binario propio (Genosko & Bryx, 2004). El uso de los términos «matriz» y «código» por parte de Mignolo surge de una serie de preocupaciones diferentes a las de Baudrillard, es decir, la estructura duradera de la «diferencia colonial» y su impacto en la forma en que se crea, registra, distribuye y (mal)interpreta el conocimiento.

____

Matthew Kiem

Diseñador, investigador, educador y activista. Su PhD se titula “The Coloniality of Design” y examina el significado y consecuencias del diseño ontológico en los procesos decolonizantes del pensamiento con interés particular en las problemáticas de colonización en el contexto australiano. Matt ha sido conferencista/tutor en los programas de diseño de la University of Technology Sidney y la University of New South Wales desde 2009, ambas en Australia. Su investigación se nutre y pone a prueba con la red  xBorder en su campaña contra la detención obligatoria de solicitantes de asilo.

mnkiem@gmail.com  

*Este texto fue publicado originalmente en Modes of Criticism (modesofcriticism.org) con el título “The Imperial Code, Or, What if I Told You It’s the Colonial Matrix of Power?”. Este texto fue traducido por Priscila Temores y publicado por Emerge MX con la autorización de Matthew Kiem y Francisco Laranjo, director de Modes of Criticism, una plataforma de investigación, revista y estudio de diseño con base en Porto, Portugal. 

Mil gracias a Matthew y a Francisco.

___

Bibliografía:

Barta, T. (2001) Discourses of Genocide in Germany and Australia: A Linked History. In: Aboriginal History 25. pp. 37–56.
Flusser, V. (2012) The Ground We Tread. In: Continent. 2 (2).
Flusser, V. (2000) Towards a Philosophy of Photography. Reaktion Books.
Fonseca, F. (2014) Gambiarra: Repair CultureIn: November 5.
Fry, T. (2009) Design Futuring: Sustainability, Ethics and New Practice. London: Bloomsbury Academic.
Fry, T.; Kalantidou, E.; Mignolo, W. (2014) An Exchange: Questions from Tony Fry and Eleni Kalantidou and Answers from Walter Mignolo. In: Kalantidou, E. & Fry, T. (eds.) Design in the Borderlands. Routledge. pp. 173–188.
Genosko, G. & Bryx, A. (Trans.), (2004) The Matrix Decoded: Le Nouvel Observateur Interview with Jean Baudrillard. In: International Journal of Baudrillard Studies 1 (2).
Goschnick, S. (2015) Want Your Kids to Learn Another Language? Teach Them Code. In: The Conversation. Available at:
Henn, S. (2014) When Women Stopped Coding. NPR.org.
Martin, C. (2016) The Reductive Seduction of Other People’s Problems. In: Medium.
Mignolo, W. (2007) Delinking. In: Cultural Studies 21 (2-3). pp. 449–514.
Mignolo, W. (2011) The Darker Side of Western Modernity: Global Futures, Decolonial Options. Durham: Duke University Press.
Mitropoulos, A. (2015) Archipelago of Risk: Uncertainty, Borders and Migration Detention Systems. In: New Formations: A Journal of Culture/theory/politics 84. pp. 163–183.
Mitropoulos, A. & Kiem, M. (2015) Cross-Border Operations. In: The New Inquiry.
Moreton-Robinson, A. (2015) The White Possessive: Property, Power, and Indigenous Sovereignty. Minneapolis: University of Minnesota Press.
Nnaemeka, C.Z. (2013) The Unexotic UnderclassIn: The MIT Entrepreneurship Review. May 19.
Noble, David F. (1999) The Religion of Technology: The Divinity of Man and the Spirit of Invention. London: Penguin Books.
Sheehan, Norman W. (2004) Indigenous Knowledge and Higher Education: Instigating Relational Education in a Neocolonial ContextPhD thesis.
Sheehan, Norman W. (2011) Indigenous Knowledge and Respectful Design: An Evidence-Based Approach. In: Design Issues 27 (4). pp.  68–80.
Stein, J. (2011) Domesticity, Gender and the 1977 Apple II Personal Computer. In: Design and Culture 3 (2). pp. 193–216.
Vee, A. (2013) Understanding Computer Programming as a Literacy. In: Literacy in Composition Studies 1 (2). pp. 42–64.
Willis, Anne-Marie. (2006) Ontological Designing. In: Design Philosophy Papers 4 (2). pp. 69–92.
Vee, A. (2013) Understanding Computer Programming as a Literacy. In: Literacy in Composition Studies 1 (2). pp. 42–64.
Willis, Anne-Marie. (2006) Ontological DesigningIn: Design Philosophy Papers 4 (2). pp. 69–92.
Winograd, T. & Flores, F. (1986) Understanding Computers and Cognition: A New Foundation for Design. Bristol: Intellect Books.

________________

Volver a Emerge 004