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Consecuencias imprevistas

por Alejandro Ruíz

 
 

Los cambios económicos, psicológicos, sociales y políticos ocasionados por los avances tecnológicos durante las primeras décadas del siglo XXI han orillado a los gobiernos a emprender un arduo y agobiante camino hacia la modernización/digitalización de sus procesos y puntos de contacto con la ciudadanía. El rigor administrativo y su exigencia operativa mantienen ocupados a miles de servidores públicos cuya única función es recopilar, tramitar, validar y archivar documentos. En todos los niveles hay poco o nulo espacio para cuestionar el estado actual del sistema o indagar sobre las necesidades reales de la ciudadanía y cómo mantener el paso de la tecnología. Vivimos en un presente sometido bajo el yugo del pasado, perpetuado por medio de creencias, procesos, roles, leyes y políticas que fueron escritas en piedra, piel y papel. Las iniciativas para modernizar el gobierno están en boga: big data, machine learning, blockchain e inteligencia artificial prometen agilizar, eficientar y transformar procesos y eliminar patologías como la corrupción. Sin embargo, a pesar de que es posible reducir la corrupción a un problema técnico, su respectiva solución se mantendrá sometida a los mismos yugos culturales e ideológicos. 


Es evidente que los órdenes imaginados (posturas, mentalidades y creencias) que cimentaron y actualmente sostienen al sistema son la principal razón de su falta de apertura, pragmatismo y relevancia.
Anticipándose a su fecha de caducidad, gobiernos alrededor del mundo buscan salvaguardar su poder cediéndole a gigantes tecnológicos bajo esquemas de co-creación, co-diseño o partnership. Depositan su ‘f€’ en la tecnología, la innovación, el diseño y la creatividad. Google Sidewalk en Toronto es un claro ejemplo de solucionismo tecnológico y estrategias analgésicas. Su implacable pragmatismo es testimonio de su capacidad para transformar el mundo entero y por ende creemos más probable que la ciudad mejore en las manos de Google, o de algún emprendedor californiano, que en las de un Alcalde. 


Diseño; creatividad; innovación; disrupción, son los valores más representativos de la sociedad actual. Es imprescindible vigilar con cautela nuestra fijación hacia lo que colectivamente consideramos como “el futuro” y “el progreso” ya que el verdadero problema va más allá de la digitalización.
Las intervenciones del diseño en el dominio socio-político suelen ocurrir para legitimar las agendas gubernamentales hacia la digitalización o la implementación de procesos más eficientes de gestión e interacción con la ciudadanía. Cada vez más el diseño es utilizado para justificar la imposición de soluciones, en lugar de indagar sobre el origen de los problemas, posibles soluciones y las consecuencias imprevistas de cada acción. En muchos casos la investigación práctica ha sido sustituida por sesiones de design thinking. La falta de profundidad es un problema que pasa desapercibido.


Las condiciones existentes no son estáticas, se encuentran en constante cambio. Y el rol que juega el diseñador en la mejora de dichas condiciones es efímero, se limita al brief y a la entrega de soluciones puntuales, insights o estrategias. Finalmente, el diseño queda reducido a servicios y productos. Diseño, el ISO[1] creativo, pretende cambiar al mundo con journey maps, sprints y MVPs. Arrojamos, precipitadamente sticky notes, código y arduinos a cada síntoma al que hacemos frente o que se nos viene encima ¿Qué pasa después del design sprint? ¿Quién se encarga de llevar el prototipo de ficción a realidad? Y en el mejor de los casos, al ser materializado ¿quién implementa la estructura organizacional que lo soporte y mantenga? Nadie. Tampoco nadie se pregunta si el usuario-ciudadano va a sacar provecho del diseño impuesto, sea este un objeto, espacio, aplicación, servicio o política pública. Probablemente sea rechazada como el cuerpo rechaza una astilla. O ignorado, como todo usuario salta con desprecio un anuncio en Youtube, pasando inmediatamente a lo que le importa: continuar con su vida. 
Nadie quiere la responsabilidad y el compromiso de hacerlo funcionar, equivocarse, podarlo y verlo evolucionar, pero todos quieren el glamour de exponer el potencial y las posibilidades desde un escenario de TEDx.  Sin embargo, el ámbito político implica un esfuerzo continuo en el que es imprescindible investigar, ensayar y problematizar sobre el potencial y posibilidades de múltiples escenarios. Va más allá del constante refinamiento de una sola solución, definida por la estrategia y validada por el mercado.


La política está sostenida por un andamiaje ideológico inapropiado e incompatible para/con las necesidades y capacidades de la ciudadanía y su entorno. Leyes y políticas ilegibles e ilógicas aplicadas en la cotidianidad del siglo XXI. De la misma manera, el diseño sigue sometido bajo el yugo de la era industrial y la era informática. No podemos continuar pretendiendo que la práctica actual del diseño tiene las competencias necesarias para redefinir la política.  A pesar de esta evidente incompatibilidad tanto de la política como del diseño, parece inevitable la traducción de ambos, y todo lo que representan, a secuencias de ceros y unos.


La forma en la que nos enseñaron a diseñar está limitada por el concepto de la entrega, durante nuestra formación aprendimos que el diseño empieza con un problema y termina  con una solución, el cual pretende satisfacer necesidades puntuales situadas en el presente, ocasionalmente considerando el futuro. Conforme el tiempo avance y las necesidades o prioridades cambien, será tiempo de rediseñar  — esto es común en productos y servicios, sin embargo, cuando se trata de diseñar en terrenos políticos, la práctica necesita un enfoque distinto —. La práctica del diseño, sin importar su apellido (estratégico, sistemático, prospectivo), se limita a ofrecer productos y servicios ¿Acaso el diseño, como acción, se ha transformado en una simulación de voluntad en la que se pretende, a través de un formato quasi lúdico, tener auténticas ganas de mejorar la realidad presente? Y de ser así, por qué habríamos de continuar entregándole insights a quienes toman decisiones que —sin importar lo que arroje el proceso de design thinking— harán los que les plazca en favor de su agenda personal. Si el diseñador tiene la vocación y el espíritu de servidor público, tendría que dejar de hablar sobre el cambio y el bien social en términos de “innovation, disruption, user experience”. Tendría que abandonar la idea de depositar su fe en el big data, smart cities e internet of things y comenzar a cuestionar tanto la solución como el problema. 


La tecnología, por sí misma, no va salvar al mundo. Al contrario, tiene el potencial de volver a este mundo aún más incomprensible, desigual e inaccesible. Nuestra vida y toda actividad humana se encuentra regida por conceptos complejos, incomprensibles para la mayoría de la población. Eventualmente, la digitalización de estos conceptos provocará que las autoridades se vean forzadas a delegar la gobernanza de la ciudadanía a algoritmos privados de gigantes tecnológicos ¿Acaso nos estamos conformando con el mínimo esfuerzo asequible? ¿con la utopía de algunos? ¿Estaremos conformes tropezando hacia un gobierno mínimo viable que simula y/o ludifica roles, responsabilidades y gobernanza a través de un esquema Ponzi[2] -apificado[3], efímero- de participación ciudadana?


La tecnología cambia más rápido de lo que podemos conceptualizar sus implicaciones. Bajo este régimen tecnocrático la política —al igual que la bolsa de Valores— se volverá incomprensible para todos. Nadie tendrá la posibilidad de leer el mundo, y por lo tanto, nadie podrá cambiarlo.  


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[1] ISO (International Organization for Standardization). 
[2] El Esquema Ponzi es una operación fraudulenta de inversión que implica el pago de intereses a los inversores de su propio dinero invertido o del dinero de nuevos inversores. Este sistema consiste en un proceso en el que las ganancias que obtienen los primeros inversionistas son generadas gracias al dinero aportado por ellos mismos o por otros nuevos inversores que caen engañados por las promesas de obtener, en algunos casos, grandes beneficios. El sistema funciona solamente si crece la cantidad de nuevas víctimas. Por lo tanto, también es conocido como sistema piramidal en el cual la única manera de cubrir los altos retornos es por medio del dinero de otro participante de la pirámide. 
[3] En referencia a las API: conectores que permiten que las distintas piezas de software se comuniquen entre sí.

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Alejandro Ruíz

Cofundador de Raidho, Service/UX Designer en BBVA Bancomer, antes en Laboratorio para la Ciudad, colaborador de Pliegos W

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