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Sobre autoproducción

por Jessica Sevilla

 
 

No tengo más de diez años de convivir con diseñadores, en particular arquitectos porque estudié la misma carrera que ellos. Y en este corto tiempo no me ha sido raro escuchar—con un poco desdén—que el diseño no es valorado profesionalmente en México. Que las personas casi nunca operan al modo DIY[1] como médicos o abogados, pero que la creación y remiendo de edificios es una tarea emprendida fácilmente por el ciudadano “no-diseñador”.  Que los diseños exprés de las imprentas menoscaban al diseñador gráfico. Que la gente que cree que puede diseñar acaba con el campo laboral…


Y sí, aquí y en países de condiciones similares la autoconstrucción es una práctica común y cuantiosa, como también es habitual ver modificaciones en vehículos o en artículos para uso individual; muebles, prendas, herramientas. Hacer y ajustar es tan convencional que a las invenciones y remiendos astutos incluso los designamos fruto del ingenio mexicano, son esas soluciones a veces juzgadas de improvisadas por su rápida fabricación pero en muchos casos productos originales de diseño, casi siempre insertos en el infortunio de la precariedad. Porque la autodeterminación de resolver problemas constructivos de objetos, espacios y formas surge mayoritariamente en donde no es fácil reemplazar las cosas, ni contratar mano de obra profesional.  Y aunque mucho del trabajo de esas manos que solucionan sin desconfianza surja de la necesidad, quiero decir que desarrollan las mismas inteligencias que las manos de profesionales y/o de jóvenes hacedores bautizados con el neologismo maker.


Es irónico que el importado movimiento maker llegue a hacer tanto barullo cuando aquí hemos estado siempre llenos de makers ¿no? En este número que explora la relación entre diseño y política quiero preguntarme cómo relacionar la actividad autogestiva, o el decidir hacer, en sus distintas escalas y motivaciones con el actuar político ¿Cómo definimos el valor político de procesos creativos? ¿no será que todos los que hacemos, construimos, fabricamos estamos formando parte de una actividad política al tomar decisiones estéticas? 


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Hace pocos años desde que el discurso de la ciudad creativa se ha permeado en la política e incluso se ha cristalizado en distintas iniciativas de ciudades mexicanas pues desde hace relativamente poco tiempo hay un interés global en medir el impacto de las industrias creativas y la innovación en las economías nacionales. Al centro de estas iniciativas está la intención de robustecer a distintas prácticas culturales; desde la gastronomía a la producción de software, películas o arquitectura. Todas están aglomeradas en la designación de industria creativa—que bajo el precepto de industria o actividad económica y la oportunidad de crecimiento que representa para el país, necesita de instrumentos para su mejor funcionamiento y rentabilidad. Muestra de este interés es que dentro de la red de ciudades creativas de la UNESCO ya hay seis mexicanas, que con el nombramiento adquirieron el compromiso de elaborar planes de acción, desarrollar investigación y comprobar el impacto de su trabajo al fortalecer la disciplina por la que su ciudad obtuvo la denominación (artesanía, música, gastronomía, cine, literatura, diseño y artes digitales).[2]


Así me imagino que con el paso del tiempo más ciudades irán buscando promover el fortalecimiento del sector cultural; impulsando la creación y distribución de productos y servicios, el acceso universal a espacios de producción y todas las posibles medidas que le sumen al sector en escala. Pero principalmente, el éxito de estas acciones debe radicar en su impacto directo en individuos, o en que haya más personas con capacidad de actuar con autonomía para crear. 


Con este renovado interés de sectores público y privado por fomentar la creatividad, me parece elemental preguntar qué se puede hacer por la apreciación y fortalecimiento de la longeva práctica de la autoproducción en México. Si nuestras ciudades van a preocuparse en robustecer al sector creativo ¿a qué creativos les toca ser parte de estos beneficios? ¿podrá el bombo publicitario y la expectativa puesta en la industria creativa y en la cultura maker salirse un poco del fab lab, makerspace, coworking e incluso la tradicional casa de la cultura para reconocer valor en otros lugares? ¿pueden las prácticas vernáculas de autoproducción y sus ejecutantes encontrar espacios en común con nuevos medios de producción?   


El mentado movimiento maker
Antes de migrar al norte y poder contratar a un arquitecto en su adultez, las manos de mi abuelo Miguel construyeron la casa de su familia basándose en el dibujo que hizo su hermano Jesús. Ambos se apoyaron en conocimiento empírico, sentido común, deseos, aspiraciones propias y consejos de constructores con experiencia—no de técnicos expertos, sino de personas con una herencia de conocimientos acumulados y adquiridos mediante la práctica y observación de la construcción de los cuarentas en Zacatecas.  La autoconstrucción o construcción informal en el país surge en un panorama completamente distinto al maker movement, aunque en esencia el autoconstructor es un maker. 


El movimiento bautizado en inglés, se comienza a esparcir orgánicamente desde comunidades digitales con la consigna de que todo mundo es capaz de crear sin necesidad de ser un especialista. Con la idea de que el uso de la tecnología para autoproducir puede ser un gran democratizador,  quienes fortalecieron al movimiento se desenvolvían en ambientes pródigos— laboratorios universitarios, los primeros maker spaces y espacios que incitaran el intercambio y la experimentación. Tal es el caso de los famosos laboratorios de fabricación del MIT Center for Bits and Atoms, que comenzaron con un espacio lleno de novísimos artefactos de coste millonario y ahora apoyan a una red de fablabs de cada continente para facilitar a todo público la elaboración de (casi) cualquier cosa[3]. 


De esta escuela y sus adeptos quiero rescatar dos ideas que se logran concretar de manera muy clara en misiones de grupos, asociaciones y espacios de trabajo. La primera es que el potencial de desarrollo es mayor cuando se trabaja con código abierto y la segunda es que el acto de crear empodera individualmente y genera conocimiento, es decir que como aprendemos haciendo y aprendemos de los demás, el objetivo del movimiento es incentivar a más sujetos a ser creadores (o hacedores), que al valerse de herramientas y conocimientos de libre acceso construyan sus propios razonamientos para  eventualmente crecer en colectivo.

Con toda la diferencia de orígenes y sobretodo del imaginario alrededor del maker y constructor informal, los hacedores autogestivos desarrollan inteligencias propias derivadas de sus modos particulares de operación.


Manos que sin desconfianza solucionan, remiendan e inventan
No toda la actividad creativa autogestiva existe en la misma realidad, ni nace por las mismas motivaciones. Digo que el autoconstructor es un maker o un do-it-yourselfer, pero seguro imaginamos a individuos particulares en contextos distintos cuando escuchamos estos tres términos. Las condiciones para crear son obviamente dispares para quien construye un espanta-palomas con Arduino, para quien borda mensajes políticos en tela, diseña ropa de perros, adapta la silla de ruedas de la abuela o amplía con sus propias manos la casa para familia de seis. Paul Atkinson categoriza a la actividad del DIY en cuatro; la proactiva, que se ejerce por motivo meramente creativo; la reactiva, que consiste en actividades manuales mediadas por patrones o kits de ensamblaje; la esencial, guiada por necesidad económica y la de estilo de vida, que se lleva a cabo por emular objetos de moda—o consumo conspicuo. 


El acto de autoproducir un objeto implica la resolución de problemáticas espaciales, formales y técnicas; geometría, antropometría, conocimiento de materiales, técnica y uso de herramientas, sentido y significado, entre otras cosas.  Independientemente de trabajar sobre un set de instrucciones o un proyecto pro-activo, uno precisa saber transferir información de un dominio a otro, transformar una experiencia conocida a una abstracción, a una idea, a la resolución de un problema determinado, a la acción. Es decir, hay que tener confianza en nuestros conocimientos adquiridos, ver a nuestra cotidianidad y contexto conformados por paisajes que educan y que nos dan herramientas para hacer. 


Imaginar múltiples soluciones, construir alternativas y visualizar posibilidades divergentes es el principio del pensamiento político. En sus Conferencias sobre la filosofía política de Kant, Hannah Arendt habló sobre cómo el acto de imaginar lleva al acto de reflexión, ambas operaciones mentales primordiales para el acto de juzgar. Entonces sitúa a la imaginación como proceso fundamental en el pensamiento político, principalmente por permitir deshacernos de nuestras particularidades y ayudarnos a entender las cosas desde múltiples puntos de vista.


De este modo la promoción del hacedor autogestivo no sólo es importante por el hecho de que desarrolle inteligencias, o promueva el actuar con autonomía, sino porque desarrolla nuestra capacidad de imaginar lo que no está ahí y nos permite tomar el punto de vista del otro.  Por un lado en imaginar está la posibilidad de inventar y por otro, avistar desde otros puntos puede ser la apertura al diálogo, a la empatía entre contrarios, al consenso o al disenso considerado. 


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[1] Do It Your Self, o hágalo usted mismo. 
[2] Las ciudades mexicanas pertenecientes a la Red de Ciudades Creativas de la UNESCO son San Cristóbal de las Casas con la categoría de artesanía y arte popular, Puebla  y Ciudad de México con diseño, Ensenada con gastronomía, Guadalajara con artes digitales y Morelia con música.
[3] Neil Gershenfeld, director de Center for Bits and Atoms de MIT,  comenzó a impartir la clase “How to make (almost) anything” en 1998. Concluyó de esta y los ejercicios ahí desarrollados que la revolución de fabricación permitirá a las personas personalizar maquinas y objetos a su gusto.

Bibliografía
Arendt, H. y Beinet, R. (1999). Lectures on Kant’s political philosophy. Chicago: Univ. of Chicago Press.
Atkinson, P. (2006). Do It Yourself: Democracy and Design. Journal of Design History, 19 (1), 1-10.
Bottici, C. (2014). Imaginal politics: Images beyond imagination and the imaginary. New York: Columbia University Press.
Gulliksen, M.S., Dishke-Hondzel, C., Härkki, T., y Seitemma-Hakkarainen. (2016). Embodied Making and Design Learning, FORMakademisk, 9(1), 1-5.


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Jessica Sevilla

Soy miembro activo cofundador de la Asociación Civil "Algo por el Centro", una plataforma dedicada a el centro de Mexicali. Tengo una maestría por la GSD de la Universidad de Harvard y un título en arquitectura de la Universidad Autónoma de Baja California, donde también imparto clases. 

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